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Para mí un poema debe llegar a donde nosotros no llegaríamos sin él. Por esto supone una búsqueda y no la confirmación de nuestro pensamiento anterior a escribirlo. Hay que escribir un poema con la misma actitud alerta y abierta con que se lee.
Más que recordar que el tiempo pasa, busco mostrar lo que deja su paso o la interrupción brusca de su paso apenas iniciado, como si no fuera el tiempo el que destruye, sino el azar, algo ajeno al tiempo. Se crea así un estado de perplejidad, no de nostalgia. Trato de dar una presencia a cuanto no la tiene. De ahí, tal vez, la relevancia de lo material a pesar de su desgaste. Dejar de ser algo no siempre significa no ser nada, sino empezar a ser otra cosa. Esa otra cosa puede llamarnos la atención sobre la primera. Perplejidad de quedarnos un instante entre lo que fue y lo que podría ser. Quizá el único lugar donde el ser y el no ser de todo se reconcilien sea un poema.